Archivos mensuales: octubre 2014

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Becas 2015

Club Soriano comunica que a partir del próximo 3 de noviembre está abierta el periodo para presentar las solicitudes de beca alojamiento para el año 2015.-Los formularios de inscripción están disponibles en nuestra pág. www.clubsoriano.org, en el Centro Comercial o en la Oficina de la Juventud de la Intendencia de Soriano.    

Recordamos que sin el formulario 69, que expiden los Liceos y UTU no serán tenidos en cuenta.      Pueden presentarse hasta con dos materias previas.-

 

 

Oleo de Carlos María Herrera “La Mañana de Asencio”

Oleo de Carlos María Herrera “La Mañana de Asencio”

 Su copia engalana la Sala de Sesiones de nuestro Club

Nueva imagen (2)

“La mañana de Asencio”
Autor: Carlos María Herrera
Óleo s/tela 3,03 x 1,92 m
Museo Nacional de Bellas Artes

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Su maestro pincel y la riquísima policromía de su pateta, produjo en la materialidaddel color esa magnífica evocación que es “La Mañana de Asencio”.La e s c e n a está inspirada en las narraciones que sobre el hecho hizo Acevedo Díaz en  “Ismael”, Carlos María Herrera, trabajó durante casi dos años en la realización del lienzo que ha  m e r e c i d o siempre la admiración por lo acertado de la concepción y lo emotivo del tema.

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Fragmento de Ismael, novela histórica de
Eduardo Acevedo Díaz, publicada en 1888.
En este pasaje se inspiró Carlos María Herrera

para su obra “La mañana de Asencio”

 

    La hueste se detuvo un instante, en medio de profundo silencio, apenas interrumpido por algún escarceo impaciente o el roce de las rodajas. Las lanzas y los sables en posición horizontal, se agitaban a intervalos, entre esas voces bajas o ruidos sordos que tanto se asemejan al resuello del tigre en la oscuridad. Pocos pasos a retaguardia, quince o más hombres formados en escalón constituían la reserva, también con las armas bajas, en actitud de pelea.

            A poco prosiguió el avance con el sigilo posible entre la niebla.

Pero, antes de coronar la hueste la cuchilla, resonó un estampido; y una bala de tercerola pasó silbando por un claro de la fila, hiriendo a un hombre de la reserva.

            A esta detonación, sucediose un alarido formidable.

            Y la hueste se lanzó a toda rienda, salvando la loma y la ladera con la celeridad de una manada de potros, hasta caer sobre la tropa acampada en el llano, en momentos en que buscaba su formación entre espantoso desorden.

            Fue aquello como un choque de hierros que se rompen.

            Voces enérgicas, gritos salvajes, sordas caídas, chasquidos de rebenques, rotura de astiles, desenfrenadas carreras, ahogados lamentos, relinchos despavoridos, fogonazos, blasfemias, maldiciones, y después… un tropel prolongado de fuga, negros fantasmas alejándose del lugar de la sorpresa como en alas del viento, botes de lanza en el suelo, siniestros golpes de sable sobre cuerpos que se revolvían bajo los caballos derribados, pavoroso torbellino de hombres y cuadrúpedos en la tierra estremecida bajo los cascos con el redoble del trueno.

            La gente del preboste había sido deshecha y dispersa con una sola carga, en las que cien rabiosos gritos de guerra hicieron el efecto de otros tantos clarines. Cinco minutos después, había rendido la vida el que no se había librado a la fuga.

            Yacían por tierra hombres de uno y otro bando.

En cierto sitio, un grupo despenaba a dos o tres moribundos con golpes de gracia; en otro, los negros cimarrones despojaban los muertos de sus prendas; y en círculo más extenso perseguíanse algunos caballos enjaezados que vagaban sin jinetes por las alturas, con las riendas destrozadas y los aperos revueltos.

            Esta refriega oscura duró lo que una tromba.

Benavides cruzó el campo, haciendo recoger a su paso las armas blancas y tercerolas de pedernal esparcidas por las yerbas, que debían servir a los que en defecto de lanzas habían cargado a cuchillo; y llegose hasta una tapera, resto de un ranchejo de paredes de tierra y ramas que alzaba sus picachos de lodo seco junto a un pedregal riscoso.

            Allí se detuvo a esperar el regreso de los compañeros que habían seguido la persecución fuera del campo, en banda dispersa, o a grupos aislados.